Las migrañas en niños no siempre se parecen a las de los adultos: a veces duran menos, el dolor se nota en ambos lados de la cabeza y se acompañan de mareo, náuseas o necesidad de parar por completo la actividad. En esta guía explico cómo reconocerlas, qué suele desencadenarlas, qué hacer durante una crisis y en qué momento conviene pedir valoración médica. También dejo una hoja de ruta sencilla para reducir recaídas sin convertir la casa en una enfermería permanente.
Lo esencial para entender y manejar la migraña infantil
- La migraña pediátrica suele ser episódica, incapacitante y con síntomas como náuseas, fotofobia o fonofobia.
- En niños el dolor puede ser bilateral y más corto que en adultos, así que no conviene descartarlo por “no encajar” con el patrón típico.
- Los desencadenantes más comunes son sueño irregular, estrés, pantallas, deshidratación y saltarse comidas.
- Durante la crisis ayuda un entorno tranquilo, hidratación y analgesia precoz en dosis pediátrica indicada por el profesional.
- Hay señales de alarma que obligan a consultar rápido: fiebre, rigidez de cuello, vómitos persistentes, cambios neurológicos o dolor que despierta por la noche.
- Si el problema se repite o interfiere con el colegio, merece la pena organizar prevención con el pediatra.

Cómo se reconoce una migraña infantil
Yo suelo fijarme primero en cuatro cosas: si el dolor obliga a parar, si aparecen náuseas o sensibilidad a la luz y al ruido, si el episodio se repite con un patrón parecido y si existe antecedente familiar. La Asociación Española de Pediatría estima que la migraña aparece en torno al 1-3% de los niños de 3 a 7 años y que sube hasta el 8-23% en adolescentes, así que no es un problema raro, aunque a menudo pasa desapercibido. Cuando el niño no sabe describir bien lo que siente, el comportamiento suele hablar más claro que las palabras.
| Rasgo | Migraña | Cefalea tensional |
|---|---|---|
| Tipo de dolor | Pulsátil o intenso, con sensación de “me tengo que parar” | Opresivo, como una presión o un casco |
| Localización | En niños puede ser bilateral y frontoparietal | Más bien bilateral y difusa |
| Síntomas acompañantes | Náuseas, vómitos, fotofobia, fonofobia, mareo, visión borrosa | Menos síntomas vegetativos; puede haber molestia con la luz o el ruido, pero suele ser más leve |
| Actividad física | Empeora o impide seguir jugando, corriendo o leyendo | Suele no empeorar tanto con el movimiento |
| Duración habitual | Puede ir de 2 a 72 horas; en algunos niños dura menos | Muy variable, desde minutos hasta días |
El aura también puede aparecer, aunque no siempre. Cuando existe, son síntomas neurológicos reversibles, como destellos visuales, hormigueos o dificultad para hablar, que suelen durar entre 5 y 60 minutos. Yo no me quedaría solo con el dolor: si el niño busca oscuridad, se aísla, deja de jugar y se muestra irritable o pálido, la sospecha gana bastante fuerza. Una vez identificado el cuadro, el siguiente paso es buscar patrones repetidos que expliquen por qué aparece.
Qué desencadena los episodios y por qué conviene registrarlos
No todos los niños tienen los mismos desencadenantes y, de hecho, a veces no se encuentra uno claro. Yo no intento culpar a un único alimento o a una sola pantalla; me interesa ver si el episodio aparece tras varios días de mal sueño, comidas irregulares, estrés o una jornada especialmente cargada. Registrar eso cambia mucho la conversación con el pediatra, porque el patrón temporal pesa más que una impresión aislada.
- Sueño irregular: acostarse tarde, dormir poco o cambiar horarios varios días seguidos suele empeorar la frecuencia.
- Saltarse comidas: el ayuno prolongado o desayunar mal puede ser un disparador muy repetido.
- Deshidratación: en niños activos, el simple hecho de beber poco durante el día ya puede marcar diferencia.
- Pantallas sin pausas: no son “la causa” en todos los casos, pero sí pueden sumar fatiga visual, postura tensa y sobreestimulación.
- Estrés y cambios de rutina: exámenes, conflictos, viajes o semanas con demasiados cambios suelen pasar factura.
- Ejercicio intenso, calor u olores fuertes: no siempre, pero en algunos niños actúan como detonantes reconocibles.
- Menstruación en adolescentes: en algunas chicas la relación con el ciclo es bastante clara y conviene anotarla.
Yo recomiendo llevar un pequeño calendario de cefaleas: fecha, hora, duración, intensidad, síntomas acompañantes, si hubo pantallas, sueño corto, estrés o ayuno, y qué tratamiento se usó. No hace falta complicarlo; con cinco datos bien anotados suele bastar. Con ese mapa en la mano, se entiende mucho mejor qué hacer durante el ataque y cuándo actuar rápido.
Qué hacer durante la crisis en casa
Cuando la crisis empieza, yo priorizaría tres cosas: parar estímulos, tratar el dolor pronto y no empeorar el cuadro con prisas o dosis repetidas sin control. En la migraña infantil, esperar a que el dolor sea máximo suele jugar en contra, porque luego cuesta más cortar el episodio.
- Llévalo a un lugar tranquilo, con poca luz y sin ruido innecesario.
- Ofrece agua en sorbos pequeños si la tolera.
- Administra la analgesia pediátrica indicada por el profesional, mejor al inicio que al final del episodio.
- No lo fuerces a comer si tiene náuseas; a veces primero necesita descansar y recuperar la calma.
- Anota cuánto tarda en mejorar y si hay síntomas nuevos.
| Qué ayuda | Qué conviene evitar |
|---|---|
| Reposo breve en un ambiente oscuro y silencioso | Seguir con pantallas, ruido o actividad intensa “para distraerlo” |
| Hidratación suave, sin forzar grandes cantidades | Forzar comida copiosa o líquidos en exceso si hay vómitos |
| Analgesia temprana en dosis pediátrica correcta | Repetir medicamentos por impulso o mezclar tratamientos sin indicación |
| Registrar la respuesta al tratamiento | Olvidar cuántas crisis hay y cuántos días usa analgésicos |
En la práctica, paracetamol o ibuprofeno suelen ser los primeros fármacos que se usan, siempre ajustados al peso y según la indicación del pediatra. Si el niño necesita analgésicos con mucha frecuencia, o si la respuesta es pobre, ya no me quedaría solo en “aguantar”: habría que revisar el plan. Cuando el cuadro es repetido pero estable, el foco pasa a prevenir recaídas y reducir la interferencia en la vida diaria.
Cuándo hay que consultar al pediatra o ir a urgencias
La clave es distinguir una migraña típica de una cefalea que no encaja con ese patrón. Yo me preocupo especialmente cuando el dolor cambia de forma, aparece de manera brusca o viene con síntomas que no pertenecen a una crisis habitual.
Señales de urgencia
- Dolor súbito, muy intenso o claramente distinto del habitual.
- Confusión, somnolencia marcada, problemas para hablar o para recordar.
- Debilidad en un brazo, una pierna o un lado de la cara.
- Pérdida de visión, visión doble o empeoramiento visual llamativo.
- Convulsión o episodio compatible con crisis epiléptica.
- Fiebre alta con rigidez de cuello o mal estado general.
- Dolor de cabeza después de un golpe en la cabeza.
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Señales para cita preferente
- Cefaleas que van a más en frecuencia, intensidad o duración.
- Dolor que despierta al niño por la noche o aparece siempre al levantarse.
- Molestia que empeora al toser, estornudar, inclinarse o hacer esfuerzo.
- Vómitos repetidos, especialmente si se repiten por la mañana.
- Impacto claro en el colegio, el deporte o el descanso.
- Necesidad de tomar analgésicos más de 2-3 días por semana.
Cuando el patrón es progresivo o hay signos neurológicos, el pediatra puede pedir pruebas de imagen; no es algo que se haga de rutina en una migraña bien caracterizada. Lo que más me interesa aquí es no perder de vista una idea simple: no toda cefalea infantil es migraña, y no toda migraña necesita urgencias, pero sí merece vigilancia cuando cambia su comportamiento. Cuando el dolor no tiene estas señales de alarma, el siguiente paso lógico es prevenir que vuelva una y otra vez.
Cómo reducir las recaídas sin montar una vida alrededor del dolor
La prevención funciona mejor cuando se apoya en hábitos concretos y sostenibles, no en reglas imposibles. Yo suelo insistir en esto porque muchas familias intentan corregirlo todo a la vez y acaban agotadas en dos semanas. Es más útil elegir tres o cuatro medidas y mantenerlas con constancia.
- Horario de sueño estable: acostarse y levantarse más o menos a la misma hora, también el fin de semana.
- Comidas regulares: evitar saltarse el desayuno o pasar demasiadas horas sin comer.
- Hidratación visible: llevar agua al colegio y recordar pequeños sorbos durante el día.
- Uso razonable de pantallas: hacer pausas, bajar el brillo y evitar maratones largos cuando el niño ya está cansado.
- Actividad física aeróbica: caminar, nadar, pedalear o jugar al aire libre con regularidad suele ayudar más que el reposo constante.
- Gestión del estrés: si los picos aparecen con exámenes, presión social o cambios familiares, conviene hablarlo antes de que el dolor lo convierta en un círculo vicioso.
- Diario de cefaleas: sirve para ver si las crisis son aisladas o si ya se están volviendo previsibles.
La Asociación Española de Pediatría señala que el tratamiento de la migraña se apoya en hábitos de vida saludables, higiene del sueño, reducción de pantallas y ejercicio aeróbico habitual. Cuando las crisis son muy frecuentes, el pediatra o el neurólogo infantil puede valorar tratamiento preventivo; de forma orientativa, suele pensarse en ello si hay más de un episodio por semana, más de cuatro al mes o una discapacidad clara, que algunos especialistas miden con el cuestionario PedMIDAS, una escala que valora cuánto interfiere el dolor en la vida diaria. Si el adolescente además relaciona el dolor con la menstruación, ese dato también merece entrar en la conversación clínica. Con una base así, el siguiente paso es dejar un plan sencillo y realista en casa.
El plan que yo dejaría hecho en casa
Si tuviera que simplificarlo al máximo, yo dejaría tres decisiones claras por escrito: qué parece una migraña, qué se hace al inicio y cuándo se pide ayuda. Eso evita discusiones, improvisaciones y dudas justo en el momento en que el niño está peor.
- Define con el pediatra qué medicamento puede usar, en qué dosis y en qué momento del episodio.
- Deja anotadas las señales de alarma que obligan a consultar sin esperar.
- Registra durante unas semanas sueño, comidas, estrés, pantallas y respuesta al tratamiento.
- Comparte el plan con quien cuide al niño y, si hace falta, con el colegio.
Cuando las crisis migrañosas se repiten, la diferencia no la marca un gran truco, sino una combinación de diagnóstico claro, hábitos estables y respuesta rápida al inicio del dolor. Si el patrón cambia, aparecen señales de alarma o la vida escolar empieza a resentirse, merece la pena revisarlo con el pediatra antes de que el problema se cronifique.
